Comuna

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Si hablásemos de una casa, por ejemplo, bastaría decir que no se puede vivir en ella para descartarla por completo, pero hablando de sistemas económicos parece que es necesario explicarlo.

Volvemos hoy a los fallos del los sistemas colectivistas, socialismo y comunismo principalmente, y quiero empezar por el más grave: que nunca, jamás, ha podido desarrollarse este sistema en un ambiente de libertad.

El colectivismo necesita la dictadura lo mismo que el aire, porque el ser humano no desea renunciar a sus ideas creativas, al producto de su esfuerzo ni al producto de su trabajo. Los seres humanos nos sentimos únicos y es necesario un gran esfuerzo, de voluntad, de interés, o de violencia, para convencernos de que todos nos esforzamos igual, valemos igual y merecemos lo mismo.

Cuando el comunismo despoja al ser humano del derecho a la propiedad lo despoja a la vez de la capacidad de mejorar su existencia y le dice, implícitamente, que el hijo del vecino y el suyo deben ser iguales para él. Los genes, por supuesto, se niegan a aceptar tal cosa y de ahí surge la necesidad de la opresión y la violencia para imponer el sistema.

Las hormigas y las abejas son animales socialistas, que cooperan perfectamente en trabajo y recursos, pero a veces olvidamos que todos los individuos son genéticamente el mismo, que son estériles, y que descienden de una sola reina del hormiguero o la colmena, que es la única que se reproduce. Pero los hormigueros y las colmenas no cooperan entre sí, sino que compiten a su vez por los recursos del entorno.

Si los seres humanos fuésemos genéticamente idénticos se nos podría convencer de que la supervivencia del vecino y la nuestra son perfectamente intercambiables, pero como somos únicos, no es posible lograrlo sin una fuerte violencia.

Convertir en colectivos unos intereses que no lo son en realidad, desanima a los individuos de pensar algo nuevo, de esforzarse un sólo minuto por encima del mínimo exigido y de mantener en pie con su esfuerzo algo más que lo estrictamente necesario.

El tiempo es limitado y el esfuerzo supone un coste. Si hablamos de animales, quizás sea más fácil de entender:

Un chimpancé puede emplear su tiempo “de trabajo” en cazar, buscar fruta o quitar piojos a sus vecinos. Si todos emplean el mismo tiempo en ello, la comunidad funciona, pero el chimpancé que logre escaquearse y decida dedicar menos tiempo a cazar, o a quitar piojos al resto tendrá una ventaja y se reproducirá mejor, porque comerá lo mismo que el resto pero asumirá menos riesgos en la caza, conservará energía y tendrá más tiempo para cortejar a las hembras.

El que trabaja un poco menos, encuentra que come igual que el resto, le quitan los piojos igual que al resto, pero está más descansado, es más fuerte y tiene más tiempo para el sexo. La conclusión obvia es que se reproducirá más y mejor y después de un tiempo, muchos individuos de la colonia serán descendientes suyos y muchos otros intentarán seguir su mismo sistema, por ser el más eficiente. La violencia necesaria para que todos cooperen será cada vez mayor, creando descontento, o permanecerá estable, permitiendo desigualdades cada vez mayores.

 Hasta el desastre final.

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